martes, 10 de diciembre de 2013

Acerca de cómo deben redactarse las reseñas artísticas.



 
 
 
¿Cómo se llega a ser ´Presentador de catálogos de arte´(de ahora en adelante PDC?. Desgraciadamente, es facilísimo. Basta ejercer una profesión intelectual (están muy solicitados los físicos nucleares y los biólogos), poseer un teléfono domiciliado a nombre propio y tener cierto renombre. El renombre se calcula de esta forma: debe ser superior en extensión geográfica al área de impacto de la exposición (renombre a nivel provincial para población de menos de setenta mil habitantes, a nivel nacional para capital de región, a nivel mundial para capital de Estado soberano, excluidos San Marino y Andorra) e inferior, en profundidad, a la extensión de los conocimientos culturales de los posibles compradores de los cuadros. (…) Naturalmente, hay que ser contactados por el artista solicitante, pero esto no es un problema: los artistas solicitantes son numéricamente más que los PDC en potencia. (…) Si el artista lo quiere, el PDC en potencia no conseguirá eludir su encargo, a menos que no elija la emigración a otro continente. Una vez aceptado, el PDC deberá determinar una de las siguientes motivaciones: 1) Corrupción (rarísima, porque, como se verá, hay motivaciones menos dispendiosas). 2) Contrapartida sexual. 3) Amistad: en las dos versiones de efectiva simpatía o imposibilidad de rechazo. 4) Regalo de una obra del artista (…) 5) Efectiva admiración por el trabajo del artista. 6) Deseo de asociar el propio nombre al del artista: fabulosa inversión para intelectuales jóvenes, el artista se afanará en divulgar su nombre en innumerables bibliografías de los catálogos sucesivos, en su patria y en el extranjero. 7) Convergencia de intereses ideológicos, estéticos o comerciales, en el desarrollo de una corriente o de una galería de arte. (…)



 
 
 
…En la medida en la que el PDC quiere salvar su propia dignidad y la amistad con el artista, la evasividad es el eje de los catálogos de exposiciones. Examinemos una situación imaginaria, la del pintor Salamini que, desde hace treinta años, pinta fondos ocres y encima , en el centro, un triángulo isósceles azul con la base paralela al borde sur del cuadro, al que superpone, en transparencia, un triángulo escaleno rojo, inclinado en dirección sureste con respecto a la base del triángulo azul. El PDC deberá tener en cuenta que, según el período histórico, Salamini habrá titulado el cuadro, por orden, de 1950 a 1980: Composición; Dos más infinito; E=Mc2; Allende, Allende, siempre presidente; Le Nom du pere; A/travesado; Privado. ¿Cuántas son las posibilidades (honrosas)de intervención para el PDC? Fácil si es un poeta: le dedica una poesía a Salamini…: “Como una flecha- (¡ay cruel Zenón!)- el ímpetu- de otro dardo- parasanga trazada- de un cosmos enfermo – de agujeros negros- multicolores.” La solución resulta de prestigio para el PDC, para Salamini, para el galerista y para el comprador. La segunda solución está reservada sólo a narradores y adopta la forma de la carta abierta sin tema fijo: “Querido Salamini: cuando veo tus triángulos me veo, una vez más, en Uqbar, testigo Jorge Luis… Un Pierre Menard que me propone formas recreadas en otra edad, Don Pitágoras de la Mancha…” (…) Más fácil la tarea de un PDC de formación científica. (…) “Los triángulos de Salamini son diagramas. Funciones proporcionales de topologías concretas. Nudos. ¿Cómo se procede de un nudo U a otro nudo? Es necesaria, como es bien sabido, una función F de valoración, y si F (U) resulta ser menor o igual a F(V), desarróllese, para cualquier otro nudo V que se tome en consideración, U para generar nudos descendentes a partir de U… El arte es ciencia matemática. Este es el mensaje de Salamini.” (…) Otra posibilidad existía entre 1968 y, digamos, 1972. La interpretación política. (…) El arte como sublevación contra el mundo de la mercancía, triángulos de Salamini como formas que se niegan a ser valor de cambio, abiertos a la creatividad obrera, expropiada por la rapiña capitalista. (…)







Todo lo dicho hasta ahora vale, sin embargo, para el PDC que no ejerce como crítico de arte profesional. La situación del crítico de arte es, en cambio, cómo diría yo, más crítica. Deberá hablar siempre de la obra pero sin expresar juicios de valor. La solución más cómoda consiste en mostrar que el artista ha trabajado en armonía con la visión del mundo dominante, o sea, como se dice hoy, con la Metafísica Influyente. Cualquier metafísica influyente representa una forma de dar razón de lo que existe. Un cuadro pertenece, sin duda, a lo existente y, entre otras cosas, por muy infame que sea, representa de algún modo lo que existe (también un cuadro abstracto representa lo que podría ser, o lo que es, en el universo de las formas puras). Si, por ejemplo, la metafísica influyente sostiene que todo lo que es, no es sino energía, decir que el cuadro de Salamini es energía, y representa la energía, no es una mentira: a lo sumo, es una obviedad, pero una obviedad que salva al crítico, y hace felices a Salamini, al galerista y al comprador. (…) En definitiva y para concluir, la regla áurea para el PDC es describir la obra de modo que la descripción, además de a otros cuadros, pueda aplicarse también a la experiencia que se vive al mirar el escaparate del charcutero. Si el PDC escribe: “En los cuadros de Salamini la percepción de las formas no es nunca adecuación inerte al dato de la sensación. Salamini nos dice que no hay percepción que no sea interpretación y trabajo, y el paso de lo sentido a lo percibido es actividad, praxis, ser-en-el-mundo como construcción de Abschattungen recortadas intencionalmente en la pulpa misma de la cosa-en-sí”, el lector reconoce la verdad de Salamini, porque corresponde a los mecanismos según los cuales se distinguen, en el charcutero, una mortadela de una ensaladilla rusa. Lo cual establece, además de un criterio de factibilidad y eficacia, también un criterio de moralidad: basta decir la verdad. Naturalmente hay modos y modos.”
 
 
Umbero Eco “Como presentar un catálogo de arte” (1980) Segundo Diario Mínimo Random House Mondadori S.A., Uruguay 2013, pág. 111/116.



 
 
 
Digresión íntima: Al leer por primera vez este texto de Eco, más allá de reírme un largo rato mientras identificaba los diversos estilos de varios críticos conocidos, asocié enseguida a Salamini y sus persistentes triángulos con el padre de Wallander y sus cuadros iguales en sus dos versiones: con y sin urogallos.
 
Esto sucedió el día en que Wallander, hacía ya algunos años, llegó a casa con la noticia de que pensaba hacerse policía. Su padre se encontraba en el taller, envuelto en el sempiterno olor a pinturas y a café. Al oír sus palabras, le arrojó el pincel que sostenía en la mano y le pidió que se marchase para siempre: él no tenía la menor intención de tolerar un policía en la familia. Se produjo una acalorada y violenta discusión, pero Wallander no cedió; él sería policía y ningún proyectil en forma de pincel lo haría cambiar de idea. El enfrentamiento cesó de forma repentina, el padre se encerró en un silencio manifiestamente hostil y volvió a ocupar su silla ante el caballete dispuesto a, siguiendo un modelo, dar forma a uno de sus urogallos. En efecto, siempre elegía el mismo motivo para sus cuadros: un paisaje que representaba un bosque cuya única variación consistía en la presencia o la ausencia de un urogallo.”
 
Henning Mankell, La Pirámide Tusquets Editores S.A., Buenos Aires, 2010 Pág. 20.
 
 
 

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