martes, 17 de diciembre de 2013

Sobre el inconmensurable misterio de los pies.






     Contradiciendo la regla lógica de que la práctica da maestría, los pies se revelan contra sus dos premisas básicas: que por estar al sur nadie le presta demasiada atención (¡como a nosotros, los sudacas del fin del mundo!) y que por su ínfima proporción respecto del total del cuerpo no gravitan en exceso en el equilibrio de la figura humana. Todo es MENTIRA. Los pies son la base inconmovible del universo. Lo veo claramente: el mundo plano previo a Colón es una semiesfera con cuatro piececitos de sostén (obviamente, cuatro piececitos proporcionados respecto a lo que sea, pero con su justa proporción).



 


     Allá bajo, tan lejos, pero tan molestos. Debería haberlo sospechado, dado mis antecedentes. Con ese voluntarismo obtuso que me hace creer que puedo hacer cualquier cosa mientras ponga el alma en la empresa, siempre los pies (el dolor de pies, los pies hinchados, los pies sangrando por las tiritas de unas sandalias que se incrustaron en la piel -cuando me empeñé en recorrer Caracas en dos horas libres previas a un vuelo- ca-mi-nan-do) han sido el contundente recordatorio de mi limitada humanidad. Los pies están ahí, al acecho, recordándonos que no podemos ir más allá de donde ellos nos permitan.



 


     Los déspotas pies. Ellos son los que mandan. “Pararse sobre los propios pies” es un mandato popular que oí mucho en mi infancia. El lema de la independencia, el “asesinar al padre” de Freud. Pero nuestros pies no nos tienen afecto, y dejar el sostén familiar –presuntamente amoroso- para depender de esos apéndices tiránicos no es fácil y ciertamente tampoco grato. Uno no toma conciencia de ello hasta que ¡zaz! vienen a darnos el cachetazo cruel de su supremacía sobre el resto de nuestro ser. Ellos mandan, o, al menos, tienen siempre la última palabra.




 


     Pies, pies, pies. La maldita proporción de un montón de huesecitos. Esos dedos cortos, rechonchos, muchas veces contrahechos. Uñas sin cuidar, piel poco atendida. ¡Deberían ser insignificantes! Pero no, uno puede lograr una larga y lánguida espalda, de piel untuosa que invita al contacto táctil, una mano espléndida que reposa en dejadez sobre un mórbido muslo. Tanta belleza, tanta calidez en el color, tanta suavidad en la línea. Y ahí están ellos: feos, chuecos, desproporcionados. ¿Cómo puede haber proporción entre el cuerpo y los pies si realmente NO hay proporción en la realidad? No hay reglas para los pies: la gente puede ser retacona y calzar 40 o tener una altura de modelo y un piececito de Cinderella y usar un exquisito y minúsculo 36. No existe (o al menos yo nunca me enteré) regla de proporción (“entre ojo y ojo un ojo, la nariz un ojo y medio, de nariz a boca medio ojo”) para asegurar un pie acorde al cuerpo, de "divina proporción". 

      Misteriosos pies que no dan pautas matemáticas para concordar con su poseedor. ¿Cuánto calza dios?







     Y la postura. Casi peor que la proporción. Los pies (que parecen tan insípidos) tienen una gracia indescriptible que definen toda la pierna. La curvatura del empeine o la caída del talón son el quid para definir la intensión de toda la figura. Relajación o tensión, comodidad o rigidez, todo se define por la postura de los pies. La curvatura del dedo gordo puede relatar toda la historia de ese cuerpo (espléndido, logrado, vibrante) y, por ello, un dedo gordo mal trazado arruina absolutamente todo. Y eso no es justo. Perderlo todo por tan poco…




 


     Comprendo que en el pasado no sufrí tanto porque en el desnudo femenino uno tiene el fácil recurso de dejarle puesto los zapatos a las chicas. Queda provocador y sensual y, a que negarlo, los zapatos femeninos ya tienen status de fetiche universal socialmente aceptado. Así que dejándole los zapatos puestos uno disminuye la exposición de los nefastos pies y no cabe duda que dibujar zapatos es más fácil que dibujar metatarsos. 

      Pero ese truco no funciona cuando uno se lanza al desnudo de caballeros. Un hombre sin ropa pero con los zapatos puestos es decididamente ridículo. Y no menciono que el zapato de hombre requiere medias (salvo que vaya en ojotas que sería un absurdo extremo, máxime si el pie está en una posición relajada porque la ojota se caería y de vuelta estaríamos en el problema inicial: retratar un pie). Desnudo con medias tres cuarto y zapato: mejor me dedico a otra cosa.








     Y acá estoy, mirando a mi Ángel de la Tartaria: bonita espalda, de estructura decididamente masculina pero suave y vulnerable. La cadera neta de varón pero con la curvatura carnosa y creíble que genera tanta sensualidad como la femenina. Piernas poderosas. Y estúpidos pies desproporcionados.  

     ¿Dónde está el error? Los pies desentonan, parecen ajenos a ese cuerpo. ¿Por qué una arruga en la planta del pie puede ser el límite de credibilidad de todo el trabajo de un mes? Los pies son extremadamente tridimensionales, tienen tantos planos y volumen que empiezo a creer que justifican que todos mis Ángeles traigan consigo unas etéreas sábanas que les cubran los pies. Si no podemos vencerlos… ¡los tapamos!











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