domingo, 4 de mayo de 2014

















“En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros, que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas antillanas.  A esa curiosa variación de un filántropo debemos infinitos hechos: los blues de Handy, el éxito logrado en París por el pintor doctor oriental D. Pedro Figari, la buena prosa cimarrona del también oriental D. Vicente Rossi, el tamaño mitológico de Abraham Lincoln, los quinientos mil muertos de la Guerra de Secesión, los tres mil trescientos millones gastados en pensiones militares, la estatua del imaginario Falucho, la admisión del verbo linchar en la decimotercera edición del Diccionario de la Academia, el impetuoso film Aleluya, la fornida carga a la bayoneta llevada por Soler al frente de sus Pardos y Morenos en el Cerrito, la gracia de la señorita de Tal, el moreno que asesinó Martín Fierro, la deplorable rumba El Manisero, el napoleonismo arrestado y encalabozado de Toussaint Louverture, la cruz y la serpiente en Haití, la sangre de las cabras degolladas por el machete del pápaloi, la habanera madre del tango, el candombe.”  Jorge Luis Borges, Historia Universal de la Infamia – El atroz redentor Lazarus Morell,  Emecé Editores, Buenos Aires 1954, pág. 17/18.


Para comenzar, la propia figura humana de Las Casas resulta intrigante, magnífica sin duda en ocasiones pero también pródiga en discordancias.  Cuando aún era adolescente su padre le regaló un esclavo indio, con quien mantuvo una relación apasionada de cuyos ribetes eróticos algunos estudiosos no tienen dudas; más tarde, separado de él por las circunstancias, le buscó incansablemente en sus recorridos por las tierras del Nuevo Mundo.  Quienes prefieren la rectitud incontaminada de los grandes principios se escandalizarán si insinúo que el interés arrebatado de Las Casa por la causa indígena pudo nacer de esa experiencia personal y no sólo de su indudable afán de justicia cristiana.  A mí me resulta más simpático que aprendiese a reconocer lo humano del otro a través del deseo y no por la aplicación de fórmulas abstractas.  Además, prosiguiendo con las hipótesis irreverentes, ¿no podemos suponer que la propia diferencia de su tendencia sexual, unida a la otra diferencia de su raigambre judía, le predispusieron especialmente para comprender mejor la dignidad de otros “diferentes” a los que la normalidad política establecida trataba como inferiores?  Los caminos del Señor, como repiten atrevidamente quienes creen en el fondo conocerlos bien, son en efecto inescrutables…”  Fernando Savater, Libre Mente, Editorial Espasa Calpe S.A. Madrid 1996, pág. 39/40.


“Hace años, en Nueva York, me tocó un taxista cuyo nombre era difícil de descifrar y me aclaró que era paquistaní.  Me preguntó de dónde era yo y le contesté que italiano.  Me preguntó que cuántos éramos y se quedó asombrado de que fuéramos tan pocos y que nuestra lengua no fuera el inglés.  Por último me preguntó cuáles eran nuestros enemigos.  Ante mi “¿Perdone?”, aclaró despacio que quería saber con qué pueblos estábamos en guerra desde hacía siglos por reivindicaciones territoriales, odios étnicos, violaciones permanentes de fronteras, etcétera, etcétera.  Le dije que no estábamos en guerra con nadie.  Con aire condescendiente me explicó que quería saber quiénes eran nuestros adversarios históricos, esos que primero ellos nos matan y luego los matamos nosotros o viceversa.  Le repetí que no los tenemos, que la última guerra la hicimos hace más de medio siglo, entre otras cosas, empezándola con un enemigo y acabándola con otro.  No estaba satisfecho.  ¿Cómo es posible que haya un pueblo que no tiene enemigos?  Nada más bajarme, dejándole dos dólares de propina para recompensarle por nuestro indolente pacifismo, se me ocurrió lo que debería haber contestado, es decir, que no es verdad que los italianos no tienen enemigos.  No tienen enemigos externos…  (…) Tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. (…) Agustín… estigmatizará a los paganos porque, a diferencia de los cristianos, frecuentan circos, teatros, anfiteatros y celebran fiestas orgiásticas. Los enemigos son distintos de nosotros y siguen costumbres que no son las nuestras.   Uno diferente por excelencia es el extranjero.  Ya en los bajorrelieves romanos los bárbaros aparecen barbudos y chatos, y el mismo apelativo de bárbaros, como es sabido, hace alusión a un defecto de lenguaje y, por tanto, de pensamiento.  Ahora bien, desde el principio se construyen como enemigos no tanto a los que son diferentes y que nos amenazan directamente (como sería el caso de los bárbaros), sino a aquellos que alguien tiene interés de representar como amenazadores aunque no nos amenacen directamente, de modo que lo que ponga de relieve su diversidad no sea su carácter de amenaza, sino que sea su diversidad misma la que se convierta en señal de amenaza.”  Umberto Eco, Construir al enemigo Random House Mondadori S.A. Uruguay 2013, pág. 13/16.-


No hay comentarios:

Publicar un comentario