martes, 7 de abril de 2015

   Aclaración obligada.



     No tengo nada en contra de los entrepreneurs en general y en abstracto.  Me parece fan-tás-ti-co que las personas generen proyectos y se autoabastezcan de trabajo.  Creo en la originalidad, en la independencia personal y la fe en las propias capacidades.  Suelo usar de mantra el eslogan made in Disney de que los sueños se vuelven realidad si uno pasa del estado de ensoñación contemplativa a la acción práctica y racional y aplica una contundente constancia en ello.  Los asuntos de los emprendedores me parecen válidos y hasta admirables.  Pero cuando el emprendimiento se involucra en el ámbito del arte y se basa en contarnos a los que estamos dentro del accionar artístico que “nos están haciendo un favor” (favor que vamos a financiar en exclusiva) y que ellos y sus carabelas nos van a descubrir América, no puedo evitar el disgusto.

     Los emprendedores que hacen su quintita con los cursos de auto-ayuda para artistas me superan.  De ambos lados del océano,  arriba y por debajo de la línea ecuatorial, aparecen iluminados que vienen a develarnos el a-b-c del éxito en el arte.  Y tienen la particularidad de ser insistentes.  Hoy (como cualquier día que abro mi mail) vuelve a convocárseme a la asistencia virtual bajo el anuncio de que: “Este Curso se dirige a aquéllos que busquen fortalecer y estructurar los procesos de creación artística. El objetivo del programa es desarrollar métodos que refuercen los procesos creativos y la sistematización y conceptualización de ideas. Para ello, en las cuatro sesiones del Curso, ofreceremos a los participantes herramientas que les ayuden a avanzar en sus producciones individuales o colectivas, atiendo a aspectos como:
• El fomento del potencial creador
• La construcción de referencias y justificaciones
• La definición de la poética artística
• La catalogación y organización de ideas”


     La “catalogación y organización de ideas” me supera.  La veo a mi abuela recortando recetas de cocina de revistas o tomando notas de algún programa televisivo y pegando la data en las hojas de un cuadernito maltrecho y engrasado que tenía su lugar en el hueco entre el microondas y la pared.  ¿Qué cocino hoy? Y ahí va el cuadernito…  ¿Qué pinto hoy?  Saco la libretita que me enseñaron a hacer en el Curso y ¡bingo!, uso la idea agendada hace año y medio atrás: mezclar fragmentos de mapa, un desnudo femenino y algún fragmento arquitectónico.  ¡Qué sabiduría me ha dado el gurú de turno que me impartió el cursillo de la catalogación de ideas!  Supongo que en algún momento me voy a dar cuenta que todas las ideas que anoté son iguales (mezclar fragmentos de mapa, un desnudo femenino y algún fragmento arquitectónico)  y que corro el riesgo de hacer siempre la misma obra si no me avivo a tiempo.


    En la teoría de un emprendedor eso de anotar las ideas puede tener sentido.  Él debe tener anotado en su libretita: hoy vendemos cursos de cómo organizarle la inspiración a los pintores, después hacemos mentoring a escultores sin habilidad manual, de ahí asistencia terapéutica a escritores con síndrome de página en blanco y al final vamos con el counching personalizado a  actores que tartamudean en el escenario.  Emprendedor con material de venta para un largo rato.

     En el arte uno arranca con una idea esquiva, fugaz, apenas visualizada, y mientras trabaja en ella ésta va conformándose según sus propias necesidades y exigencia.  La obra se vive, toma entidad a través del artista, va surgiendo de a poco, usando las vivencias y las pasiones de su autor pero colocándole los límites de su entidad única y distinta.  Hacer arte no es lo mismo que seguir la receta de un guiso.  El arte no acepta manual de uso ni fórmulas matemáticas.  El arte es otra cosa. 


      Y en  lo de construcción de referencias y justificaciones” no voy a detenerme porque me suena tanto a la estructura prefabricada del llamado arte conceptual que temo que voy a comenzar a repetirme en mi indignación.  Y sobre “la definición de la poética artística” que puede proveer un experto en marketing multiuso me reservo directamente mi opinión. 

     Una obra alcanza la categoría de arte (y un hacedor de artista) no en base a un buen argumento, las referencias o las justificaciones que articule en un prolijo discurso.  Hay un “algo” intangible e indefinible, místico o mágico (eso que tiene que ver con el talento o el genio de unos pocos elegidos por las Señoras Musas) que no puede fabricarse a voluntad bajo canones publicitarios o de mercadotecnia.  Ese “algo” se da o no se da.  Los artistas lo buscan, a veces lo alcanzan, muchas veces no.  Se sigue buscando.  Sin reglas.  Sin instructivos infalibles a pagar en efectivo o tarjeta con facilidad de cuotas.


     Evidentemente, estos cursos existen porque alguien los toma y paga por ellos (la clave en este juego, siempre, es pagar).  Probablemente artistas confundidos y en sus inicios, necesitados de construir su carrera y descubriendo que el mercado está estructurado de manera que es muy difícil acceder.  Sólo el tiempo (años y experiencia) hace que uno vea que estas acciones de “divulgación y apoyo de las artes” de los entrepreneurs de turno no son otra cosa que un hábil aprovechamiento de las modas y de las debilidades ajenas.  Y que a un artista le es más útil (y lógico) gastar alquilando la sala de una galería donde mostrar su trabajo que alimentar a hacedores de humo.

















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