lunes, 8 de diciembre de 2014

   Ser artista en Buenos Aires (ser artista sin galería, ni art-dealer, ni representante bajo la denominación que esté de moda, ni nada de nada más que una obstinada buena voluntad de ser artista).

Capítulo IV:  Los depredadores de artistas:  estafadores, aprovechados y otras hierbas.
                IV. b) Caso Dos: El amigo Saavedra.

      Año 1995, invierno porteño.   Había habido una cancelación inesperada, se ve que encontraron una vieja carpeta mía de postulación para la sala y me llamaron para proponerme exponer en La Manzana de Las Luces con sólo diez días de anticipación.  ¿Alguien hubiera contestado que no (como hicieron seguramente todos  a los que llamaron antes que a mí  y que argumentaron sensatamente falta de tiempo para organizar una muestra)? 


   Estaba ahí, exponiendo en un sitio místico, al que (seamos sinceros) concurría poquitísima gente, sintiéndome que estaba jugando en ligas mayores.  Yo iba todas las tardes, me quedaba cuatro o cinco horas, y contabilizaba la escasa concurrencia sintiéndome en el cielo.  Fue ahí donde conocí a Saavedra. 

   Fue uno de los pocos que entró a recorrer la sala.  De pronto sale y vuelve con un señor, mayor, al que vio ingresar al edificio evidentemente con otro destino.  Pasea con él ante cada obra y lo guía amablemente hasta el escritorio donde yo estaba, a firmar el Libro de Visitas.  Me pareció familiar este segundo hombre pero no caí de quién era hasta que Saavedra (hasta ese momento un perfecto desconocido para mi), con ese modo coloquial y entrador tan suyo, humilde y sencillo que desarmaba, me lo presenta por las dudas: “El maestro Antonio Pujía”.  Entonces coloqué el rostro con el prestigio de uno de nuestros mejores y más reconocidos escultores.  Quedé paralizada y, como me pasa en esos casos , sólo atiné a sonreir como una estúpida embargada de pánico.  El maestro Pujía fue todo caballero y condescendiente y elogió mis dibujos, cruzamos dos banalidades, se despidió y se fue solo.  Saavedra se quedó charlando conmigo y me captó para su rebaño.





   Saavedra vendía la revista Mecenas como la Arte al Día del futuro; recuerdo casi textual su afirmación de que él buscaba artistas jóvenes a los que acompañar en su crecimiento como había hecho Costa Peuser en sus inicios, para que cuando fueran reconocidos tuvieran atada su gloria a la de la revista.  Hablaba con tanto entusiasmo, contagiaba su convicción, y se veía tan desacartonado, tan cerca, tan persona común y corriente como uno que no se podía no comprar su sueño.  Hoy se que los proyectos editoriales son inviables (ahora más que entonces, ¡bendita web!), que las revistas de arte están destinada al fracaso, que se sostienen sólo de notas vendidas a los artistas y que la publicidad no cubre ni el costo del papel.  Pero entonces yo era muy joven e inexperta y creía que se podía triunfar y ¡hasta vivir del arte!
  
   Terminé comprándole a Saavedra una muestra en Brasil, en Villa RisoRio de Janeiro,  atada a después pagar una página en su revista. Así funcionaban y funcionan aun las cosas: los artistas pagan por todo que hacen y costean de su bolsillo la difusión de prensa que la reseña.

   Lo de Río de Janeiro era en enero de 1996 y coincidía con un viaje programado que yo tenía  hacia esa ciudad.  Parecía perfecto a mi medida.  Problemas personales me frustraron a último momento el viaje  y me quedé varada en BAires a la espera de confirmar si el evento sería o no real.

   Pero lo fue, y poco después tuvo la gentileza de alcanzarme catálogo y foto de mi obra en Villa Riso.   







   Todo, otra vez, me parecía muy serio.  No veía en ese momento el real problema de Saavedra:  prometía mucho.  Cantidad de ejemplares de la revista a entregar, cantidad y calidad de catálogos, exhibiciones en sitios todavía no confirmados...

   De vuelta en Buenos Aires fui testigo como se enredó con los dueños de una galería de San Telmo, La Candelaria.  Su plan era conseguir un sitio físico donde asentar su base, recibir y almacenar obra, dar sede a la revista y organizar muestras permanente para sus artistas contratados, lo que le permitiría compensar con muestras en La Candelaria las promesas de exhibiciones  que se le caían.  Sonaba coherente.

  La Candelaría era una vieja casa estilo colonial -patio central con habitaciones en derredor-, de preciosa estructura pero en muy mal estado de conservación.  Puso dinero y trabajo personal  para acondicionar el lugar como galería: se revocaron paredes, se repusieron vidrios y herrajes, se solucionó la humedad y se pintó impecablemente todo el lugar.  Los dueños lo dejaron hacer hasta la primera muestra,  una exhibición  que se concluyó a las corridas como es habitual por demoras de la imprenta y falta de gafetes identificatorios en las obras, pero que salió realmente bien.  Supongo que ahí los propietarios del lugar entendieron de qué iba la cosa.  No se bien que pasó, si pidieron más dinero o el control, lo cierto es que hubo una pelea y Saavedra se quedó sin La Candelaria, sin domicilio fijo y con obra de sus artistas dentro del edificio sin posibilidad de retirarla.

   Ignoro a ciencia cierta si  hubo obra que jamás regresó a sus dueños (pero lo sospecho).  Si sé que muchos artistas que habían pagado para exponer ahí se quedaron sin lugar y sin devolución del adelanto otorgado.  Saavedra trabajaba a vapor para conseguir otros sitios de exhibición con los que compensar ya que el dinero recibido  se había ido en las refacciones de La Candelaria.  Prometía páginas en la revista Mecenas, pero sin dinero fresco no  podía editar un nuevo número.  Un callejón sin salida.

   En ese tiempo yo le presté algo de dinero (muy poco) que no me devolvió pero que me compensó después con un par de exhibiciones, y le ayudé a rescatar obras de un artista brasileño que quedaron retenidas en La Candelaria.  Dado que mi frustrado viaje a Río de Janeiro lo hice para la Semana Santa del 96, me suplicó  llevar conmigo esas obras y restituirlas a su autor antes de que cumpliera su amenaza de juicio. (Era el mundo anterior al 11 de Septiembre, uno todavía llevaba paquetes de amigos en sus viajes.) Como yo, muchos artistas le dábamos una mano en lo que podíamos,  era inevitable sentir simpatía por alguien que la peleaba (mal, desprolijo, sin criterio) por hacer algo en el mercado del arte definitivamente sólo a pulmón y en pos de un sueño para la mayoría ridículo.








   Se recupera con un par de muestras en Brasil con apoyo del Consulado Argentino en Río de Janeiro (no podía negarse que era perseverante y estaba todo el tiempo buscando salidas) y edita  un nuevo número de Mecenas.  Se separa definitivamente de su mujer, quien figuraba como dueña de la revista, y trae a un socio para que maneje la venta de publicidad (un tipo serio que hizo lo que pudo en un mercado muy infame) y a Diana Castelar, crítica de arte y periodista de prestigio, como Jefe de Redacción  para darle un impulso de calidad  al emprendimiento.  Se sincera con la nota editorial que publica en ese número:



     Pero las deudas (y las obras perdidas), hicieron que el justo acoso de los artistas  le volviera imposible seguir trabajando en Buenos Aires.  

   Perdí todo contacto con él hacia 1997, aunque seguí sabiendo de otros artistas que lo siguieron rastreando por años.  Aunque puedo simpatizar con su motivación  y su energía de trabajo y profesarle un cariño personal, fue para muchos artistas una verdadera catástrofe. Mecenas deja de editarse.  Para entonces, yo ya estaba interesada en otras cosas y si bien me dio pena porque lo creía capaz de grandes cosas con un poco de orden y debida contención, mi propia vida me tenía suficientemente ocupada y me desentendí por completo de su historia.

   Alguien me dijo que había caído preso en Santa Fe, y, hace poco, que estaba trabajando en San Luis, gracias a la ayuda de otro artista que supo llevar por aquellos tiempos a La Candelaria: “el AlbertoRodriguez Saa, hoy gobernador de la provincia y antes y ahora un pintor de extraterrestres.  Quién sabe si es verdad…



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