lunes, 1 de diciembre de 2014


 

   Ser artista en Buenos Aires (ser artista sin galería, ni art-dealer, ni representante bajo la denominación que esté de moda, ni nada de nada más que una obstinada buena voluntad de ser artista).

Capítulo II:  La Obra: su concepción, evolución y desarrollo.

                II. d) La autodeterminación estética de la obra.

 
  Cada obra individual, como parte integrante del conjunto que constituirá a posteriori “la obra” del artista, es un universo autorregido por tiempos, ritmos y equilibrios que marca ella misma con independencia del criterio de su autor.

   El artista puede darle inicio, llevado por una preferencia o necesidad personal, pero luego cada obra irá reclamando y exigiendo los elementos que ella misma establecerá como indispensables para su integración e integridad plena.  Si el artista no acata ese mandato, la obra por lo general quedará trunca o chapucera.  Si el artista se entrega a ser un mero instrumento de criterios ajenos pero irrebatibles, probablemente su trabajo acabe de modo satisfactorio.  No es nada místico ni  mágico, se trata de aportar parte del ser propio del artista para que un objeto externo a sí se conforme y se independice; la obra nace de la identidad del artista, de su convicción y de su fuerza, pero es un ente aparte, distinto, cuyo destino correrá por otra vía.  Podrá haber obras gloriosas de artistas mediocres y obras malas de auténticos genios.  Artista y obra son dos cosas distintas, escindidas y, a veces, incompatibles.
 

     Gran parte del trabajo cotidiano del artista es observar, interpretar, decodificar, para luego traducir su registro a un lenguaje visual o sensorial.  Captar lo externo y general para reducirlo en un fragmento plástico expresivo que pueda en su limitación material recrear el todo y universalizar su contenido.  El artista es un medio ´para que la realidad se comprima a una imagen que resuma pero que amplíe el sentido.  Como en el caos original, tomar el todo  y condensarlo en un punto -¡un aleph borgeano!- que permita la aprehensión del ayer, el hoy y el mañana en un mismo instante eterno.

    Alguien dirá que estoy hablando tan raro como un crítico de arte.  Pero realmente cada obra se autodetermina con más constante vocación que los pueblos. 
     Yo suelo arrancar cualquier trabajo por una imagen que me atrae personalmente; una expresión o un gesto, ya en un rostro o en un cuerpo.  La languidez, la intensidad, el movimiento, la tensión de la expectativa.  Siempre una expresión que me refleje impulso vital, energía, vida.  Siempre inicio por algo que me guste y me provoque placer realizar.  Luego esa imagen inicial va pidiendo complementos.  Algo para equilibrar el fondo, la necesidad de color para dar relieve, de pronto la línea de una pierna me recuerda la costa de un mapa antiguo y los cabellos caídos en una alfombra son letras de elegante caligrafía gótico inglesa.  Como tardo mucho tiempo en cada trabajo, mucho tiempo es el que contemplo el juego de líneas y color que van conformando la obra.  Y si uno escucha con atención (estoy influenciada de modo incurable por el desequilibrio de los sentido que pregonaba Rimbaud, vayan mis disculpas a cualquier persona sensata que lea esto) las líneas y el color van dando indicaciones exactas de lo que requieren para completar el circuito de la armonía y el equilibrio. 
 
     A lo largo de los años he compilado consejos de otros artistas para observar la obra en la que uno está trabajando para corroborar su equilibrio y/o distribución proporcionada,  y si ya es hora de darla por terminada o requiere algún último detalle más.  Al consabido dejar descansar la obra de cara a la pared unos días para ganar distancia y poder observarla con una mirada de extraño, yo le agrego el mirarla patas para arriba que me sugirió un ya fallecido pintor de Lanús.  Si viéndola cabeza abajo sigue siendo grata a la vista es que está bien compensada en sus diagonales (el asunto de las diagonales era el fetiche de este pintor).  Algo después me llegó el recurso de mirarla a través del espejo, porque de ese modo se deschava enseguida cualquier ladeo o chuequez no deseada.  En cuanto al color, me dijeron que sacara una foto y la pasara a blanco y negro.  Si en escala de grises la obra seguía luciendo como en tecnicolor, sin perder profundidad ni perspectiva, eso significaba que estaba en su justo punto de cocción.

   En cuanto a determinar el momento de poner fin al trabajo, esa cuestión tiene tantas variables como artista existen.  Hay quienes nunca dan por terminada una obra y siempre están volviendo a una última pincelada; otros que la dan por acabada cuando para cualquiera aún queda medio lienzo en blanco; los que tienen planificado un lapso de tiempo perentorio y lo cumplen a rajatabla; los que se guían por las estrellas o por el tarot; o los que, como yo, dan por acabado un trabajo cuando ya están entusiasmados haciendo otra cosa. 
   
    Probablemente el punto final está signado por el momento en que la obra no quiere que nos acerquemos más a ella.  Cuando ya puede prescindir por completo de nosotros.  Cuando nos olvidan.
 
 
 
 
 

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