Ser artista en Buenos Aires (ser artista sin
galería, ni art-dealer, ni representante bajo la denominación que esté de moda,
ni nada de nada más que una obstinada buena voluntad de ser artista).
Capítulo
I: Organizar un prolijo cronograma de
exhibiciones de la obra.
Id) Las muestras individuales.
¿Por qué
armar una muestra individual? Porque las colectivas, salones y concursos sirven
(es la base que sostiene cualquier intento de carrera en el arte, ya que es
donde se empieza a mostrar lo que uno hace)
pero cuando nuestro trabajo se ve enredado con obras de otros artistas
por lo general pierde gran parte de su sentido.
La
individual no es sólo mostrarse en exclusiva, implica el desarrollo de un
discurso, de una exposición consciente del decir del artista que se exhibe en
soledad a la mirada del otro. Cada obra es en estos eventos un párrafo de un
todo, un decir dentro de una charla, un fragmento de la identidad de su autor
que se devela en el conjunto.
En la individual el artista se sube al trapecio
sin red: si lo que hace es bueno se aprecia y si es malo se escracha. No hay
vuelta atrás. La individual nos confronta con la realidad. Y si uno se toma esto del arte en serio, la
muestra individual es una necesidad a fin de medirse en la pista que dicen es
dónde se ven los pingos.
Ahora bien,
en Buenos Aires hay millones de sitios donde montar una muestra individual,
pero lo difícil es o conseguir que nos acepten o poder cubrir los costos
emergentes de la aceptación.
Los lugares
presuntamente gratuitos para el artista (espacios culturales pertenecientes a los municipios o al Estado provincial o nacional, centros
culturales y sector de temporarias en museos) son de muy, pero muy difícil acceso. Hay que presentar carpetas con propuestas, las
que nunca se aceptan si uno no tiene un contacto político que tarjetee a favor. Si se sufre de manifiesta aversión a la
política del bando que sea (tal mi caso) estos lugares están vedados a cal y
canto.
Nos quedan
los sitios privados, las galerías y espacios ad hoc a los que también se presenta
propuesta, a la que se le da menos atención que a la posibilidad de que uno
pague el costo requerido por el alquiler del lugar.
Algunas galerías
derecho viejo te dicen que lo que estás pagando es el alquiler de la sala;
otras lo disfrazan de gastos de servicios (luz, seguridad, prensa) y honorarios
del galerista/curador. Nuevamente, el
artista lo que tiene que evaluar es si sus recursos cubren el precio.
Y como
lugares pagos hay muchos en BAires (¡muchísimos!), el artista debe evaluar las
conveniencias marginales al precio más accesible.
Y el primer factor a tener en cuenta es la concurrencia de público que
la galería paga puede garantizar.
El artista,
por regla, es un ser solitario; no tiene público propio que arrastrar a una
muestra. Por eso, la idea es que la galería
que uno alquila tenga su propio público. Y, ya que estamos, un público habitué
a las actividades culturales, un público “conocedor”. Lo que, en la realidad,
no sucede.
Lo otro que
uno espera de la galería es que tenga sus clientes fieles entre los
coleccionistas o compradores habituales de arte (decoradores, ambientadores,
arquitectos y afines), para que a estos les exhiba en privado las obras que el
artista paga por colgar. Eso sucede aún
menos. El galerista te cobra el espacio
en la pared y te deja estar ahí, no pretendas que haga más que eso. Si alguien va y te ve, buena suerte. Todo lo demás es literatura.
¿La galería
hace prensa? Con suerte manda unos
mails. ¿Organiza el vernissage? Podrá
poner unos vasitos de plástico de diseños desparejos, el vino tráelo vos. ¿Imprime los catálogos? Unos volantitos de diseño estándar de
computadora impresos en papel de obra con poca tinta de color.
Entonces,
ya que tomar la decisión de una individual implica una inversión importante
para el bolsillo del artista, si uno quiere que ese dinero sirva para algo tiene que
ocuparse de todo lo demás. Pintar es
caro, ya lo dije. Organizar una
individual es un auténtico despilfarro.
Primero, es
elegir una galería en un sector que asegure movida de gente circunstancial, o
sea en uno de los distritos de arte de BAires: Retiro, Recoleta, Palermo. Ahora pelean por imponer la zona sur y Barracas, pero todavía no están del todo
consustanciados y sería un gasto con alto riesgo, por lo que un artista prudente va
sobre seguro y mira con cariño a Barrio Norte.
Elegido el
lugar hay que tratar que la fecha coincida con una Gallery Night, porque gente
se mueve (no por su interés en el arte sino por la cerveza gratis y- sobre todo-
por los Ferrero Rocher que distribuyen las empresas auspiciantes). Concertado lugar y fecha más o menos potable
sigue cargarse al hombro la gestión de prensa.
Y para una prensa
digna hay que imprimir catálogos o folletería vistosa y de buena calidad. No alcanzan los mails, que como recordatorio los días previos vendrán
muy bien pero si uno no captó la atención de poco sirven. Un catálogo bien impreso, con un par de fotos
de impacto y un texto (corto) y provocador, para despertar la curiosidad. Agregar una tarjeta seudo personal, que
parezca que uno invita en persona a la inauguración, donde se incluya la frase
mágica “los esperamos en el vernissage para degustar los finger food creado por
el chef Menganito para la ocasión” o “los esperamos para descorchar juntos unas botellas de malbec XX cortesía de Bodega Sultanito”. Anunciar comida y bebida gratis es la clave
de la asistencia multitudinaria.
El artista
que logre crearse la fama de que en sus inauguraciones se come bien se asegura
un público fiel y consecuente. Esa es la
verdad.
El artista
que vea su individual como una inversión necesaria en el desarrollo de su
carrera y quiera hacerlo bien, deberá gastar también en contratar extras (por
lo general, jóvenes pintorescos de alguna escuela de teatro barrial que sabrán
adecuarse al look que se espera para la ocasión) para que hagan bulto en la
vereda y traer –a su costo, obviamente- a algún fotógrafo free-lance con
contactos comprobados en diarios y revistas para que tome fotografías que reseñen el éxito
de la convocatoria.
Y ya que
estamos gastando, gastemos un poco más: compremos publicidad en uno de los
grandes matutinos, Clarín o La Nación, asegurando un aviso antes de la inauguración
y un suelto en la revista dominical con fotito de la muestra mientras dura su
vigencia.
Resulta evidente que organizar una individual es coser y cantar.
Para que no
queden dudas: el costo de una individual supera la de un auto pequeño. El artista que quiera creer que la inversión
se recupera con las ventas que habrán de producirse durante la muestra que lo crea y
que la inocencia le valga.
¿Vale la pena tanto gasto y tanto esfuerzo? Honestamente, no lo sé.
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